El duende de las bolillas

Recostado en la habitación de mi madre, estoy a merced de la mirada de la abuela María. Nunca la conocí, pero su gesto fuerte, enmarcado en esos cuadros antiguos, grandes y oscuros con relieves en los contornos, ha permanecido por años en el mismo lugar de la pared. La tarde, con su gracia dominical, irrumpe por la habitación sin puertas. Mi vida ha crecido de la misma forma, sin una puerta para cerrar, siempre esperanzado en la llegada de gente a mi alrededor.

Mientras el retrato de mi abuela me interpela, recuerdo las historias que mi mamá Margarita ha tejido en mi alma. Mi madre tiene una voz pausada; a pesar de su notable ausencia, ha quedado en el aire de la casa con su resplandor y presencia. Es un oxímoron nostálgico que me sacude mientras estoy recostado en su cama.

Trato de enlazar sus vidas, pero se impone la mía: esta habitación, la cama de mi madre y la mirada de la abuela.

De golpe, un ruido debajo de la cama. Pienso en la Negrita, la perra que mi madre me ha dejado como herencia emocional y que hoy es mi gran compañía. Pero no es ella: ladra en el fondo. Siento una liviandad y entrecierro los ojos. El sonido se amplifica en el alma y viajo sin escalas hacia la niñez.

Tendría unos cuatro años. La vitrola de la nostalgia explota, disparando palabras, imágenes, colores y voces.

No sé si cierro los ojos o se abre un portal de ensoñación. Desaparece la tarde y me miro las manos: son las de un niño, y no estoy escribiendo en la computadora. Abro los ojos o se transforma el tiempo. Salgo hacia la cocina: mi madre atiende el negocio, el almacén de ramos generales San Cayetano, esa noble esperanza de creer en los santos y en las almas.

Me grita desde el mostrador, mientras pesa un kilo de harina para doña Eva:
—¡Por fin aparecés vos! Vení a ayudarme, changuito de porquería.
—¿Qué hago? —respondo, mientras mi cabeza y mi alma intentan adaptarse a la situación.

Un silbido sutil suma color a esa extraña mezcla de sensaciones. La voz de mi madre, tan nítida, cercana, necesaria y entrañable, funciona como un “ábrete sésamo” al juego. Me entrego sin reparos.

Me gusta verla envolver en papel de linaza la harina y el azúcar. Tenía una técnica precisa y prolija. La balanza de quince kilos, de color verde, y el cucharón gris de metal con que pesaba todo: azúcar, harina, fideos.

En el negocio hay de todo: mercadería, huevos, garrafas y útiles escolares. Los elementos de librería los mandaba de Salta don Pastor, que venía cada dos meses y charlaba con mi padre Vicente para armar los pedidos. En agosto llegaban las cometas. Las hacíamos juntos de manera artesanal: coloridas, con Superman, el Hombre Araña y otros héroes que volaban literalmente de las vitrinas a los cielos de Perico, en la vieja cancha de la policía.

No sé qué hora es. Estoy perplejo, pero me quedo absorto mirando a mi mamá, con su vestido, el delantal y los rulos gigantes hechos a base de ruleros y permanente. Me ordena remover la olla de la sopa; también prepara mazamorra.

Paso por la vitrina de las bolillas y birlo una del tacho de acrílico como si cometiera un delito. Estoy robando y el corazón se me quiere salir del pecho.

Remuevo las ollas. Tom me mira con sus orejitas caídas y su color marrón y blanco. Busco el banquito para poder mecer bien las ollas, porque no alcanzo por la edad y la estatura.

Mi mamá sigue atendiendo el negocio. Yo me voy a su pieza, busco la bolilla en el bolsillo del pantaloncito corto y la tomo como un tesoro. Se me cae al piso y se pierde bajo la cama. Cuando me agacho para buscarla, sale sola de allí abajo. Me da un poco de miedo.

La vuelvo a lanzar bajo la cama y otra vez sale impulsada por una fuerza extraña. Se me erizan los pelos. Salgo corriendo a las faldas de mi madre, gritando y llorando:
—¡Mamá, el duende está bajo tu cama y juega con mi bolilla!

Ella me abraza y me dice:
—¿Y vos de dónde sacaste la bolilla? No existen los duendes; solo aparecen para jugar con niños traviesos y mentirosos.

La miro como quien mira a un ser superior y bueno. Meto la cabeza en el delantal, me arrincono contra su piel para que no me suelte nunca. Y otra vez la confusión: estoy sentado en el piso del espacio de estudio que hice donde antes era el almacén.

Vuelvo sobre mis pasos. La Negrita me interrumpe y me señala la cocina: sus pucheros hierven. Más confundido, voy a la pieza de mi madre. Miro la foto de la abuela María y el retrato de Margarita. Siento un ruido bajo la cama; asomo la mano y surge una bolilla impulsada por quién sabe qué fuerza extraña.

“¿Mano de lana o mano de hierro?”, una pregunta que eclipsa el momento y se manifiesta en mi espíritu.

Sonrío mientras la Negrita, pícaramente, lanza un ladrido. La tarde se vuelve a posicionar en el patio de casa. La abuela y mi madre me cobijan desde los retratos. Debajo de la cama, sutilmente, se pierde en el zaguán el desliz de una bolilla de varios colores…

Fabián Rolando Álvarez, nacido en Perico, Jujuy, es docente, músico y gestor cultural. Ha publicado Palabras al tiempo (2022), poemario donde explora la memoria, el paisaje y la sensibilidad cotidiana desde una mirada íntima y poética. Su obra también integra distintas antologías literarias de Buenos Aires y Jujuy. Ver biografía.

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