Habitar el laberinto: El arte en la era del cansancio y del consumo instantáneo

El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación.
Friedrich Nietzsche

En medio de un escrol infinito y de la mercantilización de la existencia, cabe preguntarse ¿qué espacio le queda a la creación? ¿Es el arte un producto de consumo más en la góndola del capitalismo? El manifiesto de Espejismos, la revista que nos convoca, nos propone una certeza: el arte es inescapable.

El arte actual es un collage, un chat conmigo misma donde convergen notas sobre el amor, el teléfono de un gasista y un sticker de Moria. Explicar el arte bajo el microscopio de la lógica es un intento estéril; por eso Espejismos nos recuerda que el hacer artístico se resiste a la explicación y prefiere recorrer el laberinto de múltiples sentidos.

Hoy todo parece exigirnos una respuesta rápida. La forma en que funcionan las redes y los dispositivos que utilizamos para comunicarnos nos tironean todo el tiempo. Poco espacio queda para la introspección, para desarrollar un mundo interno. Y ese asomarse hacia adentro se vuelve un agujero negro cada vez más hondo en el que no queremos mirar ni mirarnos. ¿Qué lugar le queda al arte en esta ecuación? Un arte que no tiene tiempo de maceración, un arte instantáneo como una sopa o un puré, lleno de conservantes para que no muera tan pronto, colorantes para darle brillo, para que se destaque en una góndola que ofrece todo al mismo tiempo, que compite con todo tipo de artefactos. ¿Cómo puede llamar la atención el silencio de un libro ante el ruidoso arsenal de estímulos que ofrecen los dispositivos que tenemos en la mano? El artista se vuelve un creador de contenido. Tiene que mostrar que crea, todo el tiempo. Se sube a la cinta de producción como un empleado más del engranaje. Nos volvemos consumidores del mismo contenido que creamos. Los dispositivos nos usan más de lo que nosotros los usamos. Nos adaptamos mansamente a reglas arbitrarias al seguir la locura de un algoritmo que nos dicta qué hacer: llamar la atención en los primeros siete segundos, hacer contenido cada vez más corto, más imágenes, menos palabras. ¿Qué se puede crear que sea realmente nuevo/novedoso? Y si hemos de imitar ¿a quién? ¿a los mejores o a los peores diría La poética de Aristóteles? En su tratado, el filósofo griego explicaba que la imitación, la mímesis, es una tendencia natural de la condición humana, una forma de conocimiento y de placer. Advertía, sin embargo, que no todas las imitaciones tienen el mismo valor ético o estético. Se puede, por ejemplo, imitar a los seres humanos mostrándolos mejor de lo que son, peor de lo que son (viene a mi mente la catarsis a través del humor de personajes estereotipados llevados a su extremo), o tal cuál existen en la realidad. De esta última opción, permítaseme dudar, porque siempre al mostrar algo se está haciendo un recorte. Lo que se muestra es también lo que no se muestra y eso es una decisión que el artista toma, con mayor o menor conciencia.

La pregunta que podemos hacernos hoy es a quién se elige imitar. Si la tragedia clásica imitaba a “los mejores” para conmovernos o enseñarnos algo a través de la catarsis, la inercia del escroleo parece llevarnos a la imitación de lo más plano, superficial o resultadista. Copiamos la estética que funciona, sin demasiado desarrollo o investigación, el gesto que junta likes, una copia de otra copia que va perdiendo color y autenticidad.  “Así, Polígnoto por ejemplo pintaba a los más galanes, Pausón a los más feos, y Dionisio a los semejantes.” (Aristóteles, 2016).¡Qué reflexión Aristóteles!” dice una frase de Moria Casán que se vuelve meme. Hoy el arte es una gran red de referencias, una cita infinita. Y una cita de Aristóteles comparte pantalla con una foto de la gran vedette argentina. 

En este nuevo arte instagrameable todo se vuelve un producto. Todo tiene que ser vendible en términos de consumo. El arte es un nuevo bazar de productos bonitos, para regalar o para decorar el cuarto. Una canción pegadiza, un eslogan, una ilustración que se pueda hacer remera, una frase motivacional que ayude a sobrellevar el día, una obra renacentista como fondo de pantalla del celular.

Frente a la anestesia del consumo, ¿dónde quedan nuestros cuerpos y nuestras emociones?

Es martes, una paciente del grupo de Psicodrama siempre dice que está “bien” y ese día se anima a hablar de esa especie de apatía de que nada la entusiasma demasiado, y que se da cuenta que dedicó sus últimos veinte años a trabajar. Está conforme con lo que construyó: un trabajo sólido con el que armó y sostuvo una familia de la que está orgullosa. Sin embargo parece que careciera de algo, un sentido a esa rutina, un punto de fuga en la agenda. Lo que le falta, sobre todo, es el conocimiento sobre ella misma, la conexión con su propio deseo. Le hablo del personaje que creamos de uno mismo. Todos en el grupo entienden a lo que me refiero. ¿Y si el personaje empieza a quedar chico? ¿y si esa máscara ya no nos sirve? 

A todos nos deja pensando, cada quién revisa su espejo. Es bastante incomodo reconocerse en el artificio de la construcción de un yo que creemos sólido e innegable. Si dudo de mi propia identidad ¿de dónde agarrarse? Reflexionamos sobre cuánto sostenemos eso que creemos que somos. Yo también me aburro de mi personaje, me aburro terriblemente, me enojo en un reflejo que no siempre me devuelve quién soy, siento el encierro de la jaula de la identidad. Nadie espera que actúe de modo demasiado distinto al de siempre, y yo tampoco lo espero. Ese sentimiento me produce una especie de desilusión. Nos vemos envueltos en una fuerza determinista de lo cotidiano, donde todo ya está más o menos pautado, y donde ser libres es elegir entre dos o tres opciones de los hilos de una estructura, que nos antecede y en la que estamos inmersos, que no nos permite movernos. 

Todos pensamos en nuestros personajes en esa sesión. Se nos ocurre que un día podríamos “vestirnos” de un compañero como propuesta de juego. Nos divierte imaginarlo, nos miramos y buscamos esas formas de vestir características, como si fuéramos personajes de una serie. Un escape a ser nosotros mismos por un rato.

Después estamos en una clase de Actuación, nos arrastramos por el piso, rodamos, jugamos a la lucha libre con un compañero sin tocarnos. Estoy agitada y con la cara deformada, estoy mostrando los dientes. La máscara se ha corrido unos milímetros.

El arte devela el artificio del mundo. La invención de un sentido que ayude a vivir. Le digo a la paciente de los martes que no es fácil ver que debajo del personaje está el vacío. ¿Quién es ella sin ese trabajo en el que estuvo veinte años? Nietzsche dice que detrás de la máscara no hay nada. El vacío y el sinsentido de la existencia. ¿Quién se anima a asomarse a ese abismo? Asumir el juego. Dejar de ser marioneta y aprender a ser titiritero. Dar un paso hacia atrás y ver el espectáculo desde la cabina. El arte es el juego. Es el niño de Así habló Zaratustra, el último eslabón de esa progresión de búsqueda de Las tres transformaciones del espíritu. Arrancamos siendo ese camello, animal de carga que se arrodilla para que le pongan el peso encima, la culpa, el deber ser. Es el creador siguiendo al algoritmo, cumpliendo reglas para adaptarse a todo, corriendo detrás de la novedad impuesta desde afuera, queriendo gustar. De a poco, en la profundidad del desierto, el camello se transforma en león. El león ya no quiere cargar con nada, busca ser libre y ser el amo de su territorio. Este personaje aprende a decir que no, se enfrenta a lo que “debería ser”, se anima a decir “yo quiero”. El león limpia el terreno de la creación, pero todavía no crea nuevos valores, nos falta un eslabón más. Así, para crear el león tiene que transformarse finalmente en niño. Este personaje ya no tiene que destruir nada, inventa desde sus propias reglas con la pureza absoluta de la inocencia y la curiosidad. Es el estado puro del arte. Crear genuinamente desde el juego, saliendo de la fórmula del consumo y la productividad. Dejándose hundir en el vacío para fundar desde la nada nuevos universos.

¿Cómo crear o encontrar placer artístico en esta época gobernada por el agotamiento? El “rato libre” podía ser territorio fértil de la creación. Hoy es un espacio donde un cuerpo agotado de sostener física y emocionalmente su propia existencia sólo quiere esconderse bajo las frazadas. Un cansancio nos atraviesa a todos, se ve en los rostros y las miradas perdidas, ojos que solo hacen de relleno a los párpados pero que no sirven para ver. Esa rueda, como la del ratoncito girando, a la que nos subimos sin saber porqué pero de la que tampoco nos podemos bajar no sólo nos exprime la energía sino que nos coloniza el deseo. Un cuerpo cansado no crea: consume. Y cuanto más fácilmente masticable sea el producto a consumir mejor, porque no hay resto para cosas complejas. Por eso la frase corta y el chiste fácil ofrecen un placebo fácil de digerir, un destello rápido de belleza masticada. Saciamos el consumo de arte y de creación sin hacer demasiado esfuerzo. No llegamos a habitarlo, no nos embarramos en el fango de la incertidumbre del quehacer artístico. Nos quedamos en la primera capa, nos regocijamos con un par de imágenes bonitas y tratamos de sobrevivir. 

Para crear algo en nuestros días, ni siquiera nuevo, pero al menos genuino y auténtico, algo que lata un suspiro de vida en medio de un mar de estímulos inertes automatizados, es necesario sacarse alguna máscara, reírse del personaje que hemos construido de nosotros mismos, transitar el aburrimiento y el hastío, sentir el dolor de ver el sentido desgarrarse como una herida abierta. Y sólo desde ahí, desde ese lugar incómodo, desde la apatía de un mundo que no ofrece más que seguir corriendo sin saber adónde, volver a mirar, detenerse en las ramas de un árbol al que el frío ha quitado sus hojas y sentirnos tan pero tan tristes que repentinamente aquella tristeza sea bella, una belleza inesperada, un reflejo de sol sobre una hoja amarilla. La belleza que irrumpe antes de poder ser explicada, una belleza inútil, la finalidad sin fin en términos de Kant. Hay algo de la inutilidad de lo bello kantiano que el arte debería recuperar, el jugar por jugar, hacer sin que tenga un fin en términos productivos. Crear sin esperar un resultado, sin chequear una estadística.

Nos volvemos a preguntar qué es entonces el arte en esta era de la inmediatez y cómo se inserta en medio de nuestra locura actual, en medio de una epidemia de depresión que atraviesa el mundo entero, de una ansiedad creciente que es nuestra nueva forma de existir. El arte se parece más a la filosofía que a la ciencia, por tanto es irremediable que todo quede sin responder y que nos deje nuevas preguntas. Pero podríamos, al menos intentar desafiarnos a preguntarnos cosas más interesantes, a cambiar las preguntas por unas nuevas que nos adentren en territorios desconocidos que nos sean más ricos para transitar. El arte no viene a cerrar un sentido, viene a abrirlo, a generar un efecto rizoma.

De esta manera podríamos proponernos, como creadores, para corrernos de ser simples artesanos de piezas de consumo, ser la chispa que detenga la inercia del escroleo y lograr conmover algo de lo cotidiano. Invitar a otros a animarse a acercarse al borde del abismo del sentido, sin perder el equilibrio, dejar de buscarle la salida al laberinto y sentarse a tomar unos mates a contemplar la belleza de las paredes hechas de arbustos. ¡Qué hermoso sol hay hoy sobre estos caminos, y cuántos verdes distintos se pueden distinguir cuando nos sentamos a mirar!

Bibliografía:
ARISTÓTELES. (2016). Poética. Retórica (C. González, ed.). Ediciones Lea.
KANT, I. (2012). Crítica del juicio. Editorial Tecnos. (Obra original publicada en 1790).
NIETZSCHE, F. (2011). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).

Maru Betania es Actriz (Universidad Nacional de las Artes), Psicodramatista (Escuela de Psicodrama Grupal de Carolina Pavlovsky) y Diseñadora Gráfica (FADU – UBA). Ver biografía.

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