En cualquier momento aparecerá y comenzará a bailotearme alrededor. Con su gorra desbordante ocultando una maraña de cabellos rubios, pantalones arremangados y tiradores, como todos los días llegará silencioso sobre la alfombra de hojas secas que cubre el camino, se parará frente a mí, y por unos segundos clavará sus grandes ojos negros en los míos. Luego, con movimientos lentos y amplios comenzará su danza, imitando el vuelo de un pájaro. Simulando descender y luego elevarse, girará alrededor del banco desde donde lo observo, sin mirarme. Después de algunas vueltas irá ampliando su recorrido hasta el borde de la escollera, yendo y viniendo, planeando hacia el suelo y ganando altura con una corriente imaginaria de aire ascendente. Al finalizar su acto se detendrá delante de mí con la cabeza gacha, y con una mezcla de orgullo y necesidad extenderá su mano esperando recibir la moneda que llevo preparada en el sobretodo. Se la daré, y la guardará en su pequeño bolsillo trasero. Y sin saludar dará media vuelta y bajará por la escalinata hacia los muelles. Como todos los días me acercaré a la baranda y trataré de seguir con la mirada su camino entre las barcazas amarradas, hasta perderlo de vista. Bajo el cielo plomizo volveré a mi banco, cerraré mis ojos tratando de recrear el espectáculo que acabo de presenciar, me quedaré dormido y como todos los días soñaré con pájaros, para despertar a tiempo de verlo llegar nuevamente.
Pero hoy he decidido interrumpir el ciclo que me tiene atrapado.
Hoy no le daré la moneda.
Lo veo llegar y lo dejo hacer su acto, sintiendo que lo estoy traicionando. Cuando se detiene y alarga su mano, trato de mirar hacia otro lado, pero no puedo. Tras unos segundos levanta su cabeza con un gesto de tristeza y se le escapa una lágrima, pero mantiene su brazo extendido. Sin poder sostenerle la mirada, cedo y busco en el bolsillo de mi sobretodo, para encontrar que está vacío. Entonces le extiendo mi mano, que toma con suavidad entre las suyas. Con un breve tirón me invita a levantarme, y luego a seguirlo. De la mano descendemos por las escalinatas hacia el muelle, mientras bajo el cielo negro comienza a soplar una suave brisa.
Mientras avanzamos viene a mi memoria el día en que, vencido por una enfermedad terminal, mi padre deja caer su mano inerte al costado de la cama donde lo acompañábamos en sus últimos minutos. Y habiendo sido mi padre una persona justa pero muy severa, que nunca había demostrado su afecto hacia sus hijos, en ese momento, por primera vez, lo tomo de la mano.
Y continuamos de la mano, en silencio, mientras el cielo comienza a abrirse.
Alejandro Poncio, nacido en Buenos Aires en 1959, es Ingeniero Electrónico especializado en Telecomunicaciones. A lo largo de su vida ha explorado la física cuántica contemporánea y diversas tradiciones de pensamiento espiritual y esotérico. Ver biografía.

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