I. La caída del simulacro positivista
Ars longa, vita brevis, reza el antiquísimo proverbio, tomado del médico y filósofo griego Hipócrates (460 – 370 a.C.) por la cultura latina. Cuatro palabras que encierran, condensándolo mágicamente, cual grimorio, el misterio sideral de lo poético: “el arte es largo, la vida breve”.
El primero en parafrasearlo fue el filósofo romano Séneca (I d.C.) en su obra Sobre la Brevedad de la Vida. Durante la Edad Media, circularon traducciones anónimas parciales. Sin embargo, la primera gran traducción sistemática de todo el Corpus Hipocrático fue realizada por el erudito griego Teodoro Gaza en 1476, seguida por la edición impresa del médico y humanista italiano Marco Fabio Calvo en 1525.
El aforismo original reza literalmente: “El arte es largo (de aprender); la vida, breve; la ocasión, fugaz; la experiencia, insegura; el juicio, difícil…” 1 ¡Vaya maravilla de enseñanza que los siglos nos perduraron! Esta cuádruple advertencia hipocrática no expresa un mero diagnóstico de la limitación humana: nos otorga la descripción exacta del territorio en el cual opera la creación. Donde el mero pensar intelectual flaquea frente a la experiencia insegura y el juicio difícil, el hecho estético se erige como la única expresión capaz de abrazar esa incertidumbre para transmutarla en revelación.
El arte es una medicina que transforma y salva. No resulta extraño entonces que el padre de esa ciencia en occidente haya acuñado esta frase. Ante la fugacidad biológica, el arte se alza como la única permanencia posible para el humano. Sin embargo, para comprender esta afirmación en su espesor ontológico, primero debemos definir los términos: qué entendemos por arte y qué entendemos por el impulso primordial que nos mueve a fundarlo.
En la contemporaneidad, la realidad ha sido reducida de forma drástica a lo enteramente calculable, bajo una tiranía de la frialdad que mide el mundo, pero no lo comulga. El positivismo imperante pretende agotar el misterio del universo en el pizarrón o la probeta, dictaminando que aquellas presencias sutiles que poblaban la imaginación antigua y medieval: ninfas, duendes, silvanos, son meros errores de cálculo o proyecciones clínicas. Al extirpar el mito mediante esta mecanización abstracta, la sociedad actual ha vuelto la existencia predecible, monótona e insípida, olvidando una premisa fundamental de la condición humana: donde hay sabor, hay sentido.
Exiliar la dimensión artística y simbólica, pretender desterrar a las musas, es vaciar la vida de su contenido último; es albergar crecientes desiertos en el espíritu, y ya advertía con lucidez el dictum profético del poeta intempestivo: “¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!”. 2
Es precisamente en este páramo hiper-racionalizado en el cual nos hallamos donde el epigrama hipocrático revela su sentido ulterior, el más profundo y paradojal: la vida es un arte largo y el arte una vida breve. El ars longa no versa solo sobre la técnica, ni la mera destreza artesanal de quien manipula la materia; apunta hacia la apertura a una temporalidad otra, un asilo eterno contra la erosión del tiempo devorador. El médico de Cos, Hipócrates, comprendía que la techné inspirada engreda organismos que respiran más allá de la finitud biológica de su creador.
Frente a una época transida por lo líquido e inmediato, por lo falso y efímero, por el mucho pensar y el poco sentir, el quehacer estético se erige como el espacio ritual en el cual lo fantástico se torna más real que la realidad misma. En la llanura mágica del lienzo, del escenario vacío o de la hoja en blanco que engendrará el poema, todo es posible y nada es inalcanzable si nos permitimos la osadía de imaginarlo. Plasticidad del gesto y danza de la emoción pura, rescatándonos del automatismo contemporáneo.
Reducir el dictum de Hipócrates a una queja sobre la brevedad de nuestros días constituiría un error de lectura. La verdadera herida que abre el aforismo es metafísica: la vida biológica es breve porque transcurre en la superficie lineal del tiempo que gasta y corroe, mientras que el arte es largo porque habita una dimensión vertical, una hondura donde el instante se dilata hasta rozar lo sagrado.
El arte, por lo tanto, no se reduce burdamente a la clasificación institucional de las disciplinas; es, fundamentalmente, una forma extrema de habitar la existencia. En esa sutil bisagra entre lo fugaz y lo permanente, el objeto estético deja de ser una cosa entre las cosas para transformarse en un umbral.
En su poema Everness, nuestro querido Borges intuía con precisión quirúrgica esta trama secreta del universo al escribir:
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía (…) (Borges, 1964) 3
Existe una memoria sagrada del mundo donde nada se pierde, donde nos reflejamos en las cosas y las cosas se reflejan en nosotros en un diálogo silencioso e incesante. El misterio no es algo que deba ser fabricado desde la nada; ya está ahí, solapado, latiendo debajo de la costra de los días.
Los rostros que fuimos, las miradas que perdimos, los dolores que arrastramos y las lunas que vendrán coexisten en esa profética memoria que el arte evoca y actualiza. El problema actual, por lo tanto, no es la ausencia de misterio, sino nuestra ceguera voluntaria, nuestra incapacidad para percibir los arquetipos que habitan del otro lado del ocaso cotidiano.
Por eso resulta imperativo restituir el estatuto verdadero del arte, entendiéndolo no como un ornamento cosmético, una mercancía de cambio ni un entretenimiento burgués, sino como un piedrazo en el espejo de la realidad instituida. 4 El espejo posmoderno nos muestra una superficie pulida, un simulacro donde las cosas son dadas como mercancías fijas, estables y neutralizadas. El arte arroja una piedra contra esa quietud artificial. Al trizar el cristal, el quehacer estético quiebra el consenso perceptivo, abre fisuras en la llanura de lo cotidiano y trastorna el orden lógico del pensamiento.
Lo que se revela a través de esa fractura no es una distorsión deshonesta, sino el revés: lo oculto, la trama secreta de las cosas… lo verdaderamente real. El arte, por lo tanto, se erige como un acto de justicia metafísica que le devuelve a la realidad sus infinitas posibilidades amputadas.
II. Más allá de la contradicción [aparente]
Estamos hecho de la misma materia que los sueños
William Shakespeare
Llamaremos “arte”, por tanto, a todo impulso que el humano experimenta al ver plasmada en el reino material su natural inclinación creativa, su capacidad de embellecer y transmutar el mundo que lo circunda. Pero esta transmutación en la llanura de la realidad no es pacífica. El hecho artístico, para ser verdadero y portar potencia, debe quemar, hendir, roer y quebrar la voluntad de quien se aproxime a él, constituyendo un tajo necesario en el tejido del lenguaje automatizado. Aristóteles señalaba en su Poética la diferencia radical que separa al historiador del poeta: el primero narra las cosas tal y como fueron, mientras que el segundo las narra tal como deberían haber sido. Mientras la historia nos entrega los huesos secos del pasado, el arte toma esos restos disecados, les sopla aliento caliente, les pone sangre y tendones, y los hace caminar con fuerza entre nosotros. El arte no es la crónica sumisa de nuestros días, sino la revolucionaria revelación de nuestras noches.
Pero para que esta revelación acontezca en su dimensión absoluta, el arte debe dinamitar la tiranía de la razón occidental. Desde la consolidación de la lógica aristotélica, el principio de no contradicción ha regido el pensamiento dictaminando que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto; es la ley matemática que afirma que dos más dos son cuatro, estableciendo fronteras infranqueables entre los opuestos. El arte es la llave maestra que hace saltar por los aires este principio restrictivo.
En el territorio de la creación, la contradicción se vuelve una condición de posibilidad epifánica. Es lo que permitía al gran poeta místico San Juan de la Cruz (1542-1591) hablar de una “música callada” o de una “soledad sonora”. Al unificar los contrarios bajo una misma íntima danza, el arte no afirma ni niega: opera como un tartamudeo sagrado. Se trata de la única disciplina que se permite la valentía de fracasar ante la verdad conceptual, haciendo de esa derrota representativa su mayor victoria ontológica.
Cuando se canta a las cosas, estas rompen el instante y, al quebrarlo, relucen y se eternizan, demostrando que el piedrazo en el espejo es también el quiebre definitivo del tiempo cronológico, abriendo cauce a lo eterno.
III. De la obra como organismo vivo
A thing of beauty is a joy forever
John Keats
El arte no constituye un objeto estático que se consume pasivamente, sino un organismo vivo que muta según la luz del alma de quien lo contempla. En su célebre conferencia de 1977 5, Jorge Luis Borges recordaba al místico irlandés Juan Escoto Eriúgena, para quien el mundo era una teofanía: una manifestación donde cada criatura revelaba la belleza divina. Eriúgena afirmaba que las Sagradas Escrituras albergaban un número infinito de sentidos, comparando esta infinidad con el plumaje tornasolado de un pavo real: una pluma parece azul, pero al menor movimiento del observador se vuelve verde, violeta o dorada. Esta condición tornasolada es extensible a toda obra de arte verdadera.
La obra no encierra un significado unívoco que el espectador deba descifrar de manera técnica, como si fuera un código cifrado. Ella es porosa; posee cesuras inauditas, curvas profundas y pasadizos fugaces que el creador no inventa desde la nada, sino que des-cubre, pues ya se hallaban allí, aguardándolo. El artista es un exégeta del silencio, un traductor de la transparencia que limpia la mirada embotada por el uso cotidiano para devolvernos la nitidez del misterio.
Por consiguiente, la función ulterior del arte no es la consagración del objeto estético, sino la transformación radical del sujeto. Existe el arte para tornar artista a quien lo contempla. Su meta final es recordar al contemplador que ser artista es una dimensión natural del espíritu. Al enfrentarse a la obra y dejarse trizar por su faz, el receptor abandona la cómoda condición de turista de lo cotidiano para asumir su propio ser como materia prima maleable. El libro, la pintura, la puesta escénica configuran el banquete de encuentros donde seres de otras épocas o mundos entran a nuestra casa para poblar nuestra soledad y demostrarnos, con una hondura que estremece, que nos conocen mejor que nosotros mismos.
IV. El cruce de las Simplégades y la “higiene mental”
Para habitar plenamente esta dimensión estética, el ser humano debe atravesar una mutación espiritual absoluta. El gran filósofo rumano Mircea Eliade (1907-1986) advertía una máxima fundamental de la mitología clásica: «no pueden atravesarse las Simplégades sin tornarse espíritu». Las Simplégades eran aquellas rocas chocantes que, en la entrada del Mar Negro, oscilaban y se cerraban violentamente para triturar a cualquier embarcación que osara cruzar su umbral.
Lugar común en la literatura griega antigua, simbolizan el choque ciego de los opuestos, la pesadez de un mundo materialista que asfixia y clausura el horizonte de lo humano. Artista y público, capitán y tripulación aventurándose en el océano de las musas, deben aprender a atravesarlas.
Sin embargo, tornarse espíritu para cruzar sus fauces de piedra no implica una huida ascética hacia un cielo incorpóreo o un desprecio de la materia. Al contrario: el espíritu es la materia misma llevada a su punto máximo de incandescencia. Se trata de una intensificación tal de los sentidos que logra sacralizar la carne, volviéndola porosa, diáfana y transparente. Cuando el sujeto vibra a esa frecuencia estética, la roca sólida (la realidad que se presentaba como un muro inexpugnable) responde a la entonación y se abre, abriéndonos con ella.
Esta apertura coincide de manera conceptual con la “higiene mental” enseñada en el siglo IV a.C. por el filósofo y místico Zhuangzi, segundo gran fundador del taoísmo. El maestro observaba que el niño mira las cosas todo el día sin pestañear porque sus ojos no están enfocados en ningún objeto particular; anda sin saber adónde va y se detiene sin saber qué hace, confundiéndose con lo que lo rodea y moviéndose con ello. 6 Esta falta de enfoque utilitario no estriba en una carencia intelectual, sino en una apertura total al misterio del cosmos.
El niño no calcula, no etiqueta, no fragmenta la realidad a través del pensamiento racionalizante. Para quien recupera esa higiene de la mirada, el mundo deja de ser una superficie plana (el espejo intacto) y revela su sobrepoblación solapada de niveles: ritmos inauditos, aromas inéditos y visiones incomparables anidan en el centro de cada instante. Recuperar la mirada de la infancia es recuperar la condición de artistas, porque ambos habitan la realidad desde la reverencia y el asombro.
Como bien sentenció Gustavo Adolfo Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”. Lo poético, lo artístico, es un modo fundamental de inhabitar la existencia.
V. Conclusión. El revés de la trama
¿Qué es, entonces, el arte?
El arte es la decisión voluntaria de abandonar la selva oscura de la mera información para adentrarse en el espesor del silencio y el misterio. El arte no juzga: revela; no dictamina: susurra. Constituye la experiencia de fijeza donde contemplar el follaje implica ser el árbol, donde oler el aire es comulgar con la totalidad de la naturaleza. Ser en los detalles y permitir que los detalles sean en nosotros.
El verdadero arte es ese tajo necesario en el cristal de la conveniencia social; el piedrazo, como postula sensiblemente Pompeyo Audivert, que triza el espejo de la ilusión positivista y rompe el reflejo domesticado para obligarnos a mirar el revés, aquellos contenidos suprimidos por la lógica racionalista. Nos abre a la noche oscura que subyace detrás del telón, más allá de nuestros días artificialmente iluminados.
Al quebrar la superficie plana, el arte nos trastorna, nos hiere, nos hiende y abre… mas, en esa misma herida, nos sana. Nos arranca de la condición de mentes calculadoras y nos devuelve a lo que realmente somos: carne que canta. El arte, en definitiva, es el ensalmo supremo que desgarra la tiranía del cálculo para recordarnos, a través del asombro, la audacia absoluta de estar vivos.
Si el arte verdadero es un piedrazo en el espejo que triza la superficie plana de la realidad instituida para mostrarnos su revés, el espejismo que brota de esa fisura no es una falsedad deshonesta, sino un hechizo destinado a liberarnos del gran hechizo del mundo.
Al astillar el cristal de la lógica cotidiana, lo que queda no es la ceguera, sino la divinal porosidad del alma transformada: una distorsión sagrada donde las formas estables se disuelven para que por fin resplandezca lo oculto. Así, el espejismo se revela en su doble potencia metafísica: es la herramienta mística que quiebra el espejo de la repetición y, al mismo tiempo, la hermosa consecuencia de habitar un mundo que ha decidido, por fin, recuperar el asombro y saltar por los aires.
(*) El presente ensayo constituye la fijación textual, revisada y ampliada, de las reflexiones y lecturas poéticas ofrecidas por el autor el pasado 22 de abril de 2026 durante la presentación de su poemario: Áureos resplandores, negra oscuridad (Buenos Aires Poetry), celebrada en el Auditorio de la Botica del Ángel (Universidad del Salvador), junto al profesor y artista Alejandro Sly.
- Ὁ βίος βραχὺς, ἡ δὲ τέχνη μακρὴ, ὁ δὲ καιρὸς ὀξὺς, ἡ δὲ πεῖρα σφαλερὴ, ἡ δὲ κρίσις χαλεπή. ↩︎
- Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza. P. 309. ↩︎
- Borges, Jorge Luis, 1964 El otro el mismo, Emecé ↩︎
- El concepto pertenece al dramaturgo, director y actor argentino Pompeyo Audivert. Véase: Audivert, P. (2019). El piedrazo en el espejo. Teatro de la fuerza ausente. Buenos Aires: Ed. Libretto. ↩︎
- ¿Qué es la Poesía? en Borges, J. L. (2018). Siete noches. Buenos Aires: Sudamericana. P. 36. ↩︎
- Watts, A. (1976). El camino del Tao. Barcelona: Kairós. P. 56. ↩︎
Ricardo Hamlet Taddeo (n. 1997) es un poeta, cuentista y ensayista nacido en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es docente e investigador universitario y doble doctorado en Filosofía y en Teología/Ciencias de la Religión. Ver biografía.

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